De cualquier anuncio resulta un
objeto e instrumento muy válido para el aprendizaje de la lengua y de
los complejos mecanismos de la comunicación.
Su valor radica, a mi entender, en su carácter contemporáneo y
contextualizado, junto a su finalidad comunicativa precisa y compleja, y
el rico uso que hace de todos los recursos retóricos para conseguir la
máxima eficacia. El hecho de que la mayoría de la publicidad desborde el
ámbito puramente lingüístico no minimiza en absoluto su valor, dado que
en el trabajo del aula estos ámbitos extralingüísticos han de ser
manejados por medio de la palabra.
Creo, además, que el anuncio
publicitario constituye un texto completo, acabado, aunque no sea
puramente lingüístico. Cualquier anuncio publicitario, en el formato que
sea, se puede considerar un texto en el sentido que le dan Núñez y Del
Teso (1996: 175) cuando lo definen como una unidad mínima de información, de comunicación y de interacción social.
En publicidad, como intentaré mostrar
más adelante, se dan los cuatro tipos de texto y todos nos interesan en
la clase de Lengua por sus características y sus posibilidades.
Otro supuesto importante que manejamos
es que toda publicidad se basa en el manejo hábil del componente
emocional de los mensajes y es intrínsecamente “subliminal”, en un
sentido figurado de la palabra.
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Los alumnos interpretan la publicidad de los productos de distinta manera, tal vez sin ningún sentido pero con la intervención del docente los alumnos pueden desarrollar una crítica reflexiva para que no se dejen engañar.
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